Entrevista

Javier Rupérez, diplomático español y primer director ejecutivo del Comité contra el Terrorismo de la ONU

Eugènia Riera
Instituto Catalán Internacional para la Paz
Editorial

Javier Rupérez

Javier Rupérez hace once años que vive en Estados Unidos. Ha pasado por Washington, Nueva York y Chicago: primero como embajador de España (2000-2004), después como director ejecutivo del Comité contra el Terrorismo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (2004-2007)  y luego como cónsul general de España en Chicago (2007-2011). Una década larga donde ha sido testigo de los efectos del 11-S sobre la sociedad norteamericana y de los cambios en la lucha internacional contra el terrorismo.

Usted era embajador de España en EE.UU. en 2001. ¿Cómo recuerda el 11-S? ¿Estaba en Washington aquel día?
No, justo estaba en Madrid, donde teníamos una reunión en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Evidentemente son de esos días que uno recuerda perfectamente dónde estaba. Eran las tres, había un almuerzo y Piqué -entonces ministro- me llamó diciendo "hay unas noticias extrañas de Nueva York, entérate de lo que pasa". Luego vimos en directo el ataque del segundo avión. Estuve varios días sin poder volver a Washington.

Diez años más tarde, sigue viviendo en Estados Unidos, ahora en Chicago. ¿Ha cambiado mucho la sociedad norteamericana a raíz del 11-S?
Sigue siendo una sociedad trabajadora, disciplinada, imaginativa… pero sin duda hay factores de cambio debido a los atentados. Ya no es la sociedad confiada de antes. Hay una percepción difusa, pero que se ve todos días, de que el país no es invulnerable como se pensaba y de cierta incomodidad respecto a las manifestaciones islámicas. Además,  todo lo que ha supuesto la adopción de medidas de seguridad, las guerras de Afganistán e Irak, ha venido recayendo sobre el presupuesto norteamericano…El presupuesto de Defensa se ha más que duplicado en diez años.

El 11-S sirve a la administración Bush para fijar un eje del mal y declarar la guerra unilateral en Irak. ¿Se actuó correctamente?
Hay que recordar que todo empezó en Afganistán, donde en aquel momento prácticamente gobernaba Osama Bin Laden y allí hubo una respuesta inmediata de EE.UU., la opción militar, que tuvo todo el apoyo internacional. El 11-S condicionó mucho la política exterior de EE.UU., se trataba de recuperar la seguridad y no cabe duda que sin el 11-S no hubiera habido Irak… hay una serie de consecuencias que condicionan la respuesta contra el terrorismo. Tal y como se produjeron los acontecimientos era inevitable la intervención en Afganistán y era, no digo inevitable pero prácticamente seguro, que los EE.UU. adoptaran medidas para evitar la presencia de regímenes que yo llamaría "arabo-islamistas", que suponían un factor constante de inestabilidad.

¿Ve justificadas las guerras preventivas?
Es un tema complicado. Desde el punto de vista estricto de derecho internacional una guerra preventiva es difícilmente justificable, pero hay que ver en cada caso dónde estamos, si se ha pasado un determinado nivel donde la guerra preventiva es inevitable.

La guerra contra el terror también conllevó detenciones arbitrarias, controles dudosos en las comunicaciones, violaciones de derechos humanos en Abu Ghraib y Guantánamo… ¿vale todo en nombre de la seguridad?
No, no, ciertamente no. En nombre de la seguridad no se puede permitir cualquier violación de los derechos humanos pero al mismo tiempo es evidente que sin seguridad no hay libertad, eso también lo saben los vascos. Son ecuaciones complicadas y desde luego la población norteamericana ha aceptado las limitaciones en su libertad de movimientos en aras de la seguridad. Hay que recordar que el mismo terrorismo desestabiliza las sociedades. Es un mundo complicado donde hay que andar con mucho cuidado.

De Bush a Obama… ¿Ha sido eficaz la lucha contra el terrorismo de los últimos diez años?
En EE.UU. sí, efectivamente, porque llevan diez años sin un ataque similar al 11-S y no es porque los terroristas no lo hayan intentado.

¿Ha mejorado, entonces, la prevención antiterrorista? Los servicios de inteligencia no detectaron el 11-S y fallaron con las armas de destrucción masiva en Irak…
Claramente sí, ha mejorado. El 11-S puso de relieve que no había ninguna comunicación entre el FBI y la CIA, había una especie de muro y eso facilitó la actividad de los terroristas. En esto algo se ha mejorado y se ha avanzado enormemente en todo lo que es la financiación de los terroristas. Se conocen mucho más las raíces, los métodos de actuación, las conexiones…

¿El mundo es ahora más seguro?
Sí, yo creo que sí. Con todas las cautelas posibles, en general estamos mejor de lo que estábamos antes del 11-S, hay mayor colaboración internacional, mayor conciencia del peligro y mayor capacitación técnica, pero también hay que decir que en Europa hemos tenido el 11-M, Beslán, el 7-J… y todos tenían el mismo origen de terrorismo islamista. No hay día sin ataques terroristas en Afganistán, Irak, India… y allí mueren miles de personas. Tenemos que estar relativamente satisfechos pero ser concientes de que todavía hay mucho que hacer para que el terrorismo se reduzca de manera significativa en todo el mundo, no solo en Occidente. No nos podemos permitir un solo acto de terrorismo.

¿Cómo valora su etapa como director ejecutivo en el Comité contra el Terrorismo de Naciones Unidas?
Fue muy interesante, aunque también bastante frustrante porque en Naciones Unidas uno depende de la voluntad de muchos países que no siempre se ponen de acuerdo…, es el mundo de las soberanías nacionales. En el Comité tuvimos que poner en práctica la resolución 1.373, aprobada después del 11-S, que es un poco la Carta Magna en la lucha internacional contra el terrorismo. Trabajamos para que todas las medidas se pusieran en práctica en todos los Estados miembros. Lo hicimos en tres años y sigue funcionando. Para mí fue una gran satisfacción a nivel personal y político pero no todo está acabado. Hay que seguir insistiendo en la cooperación internacional y en la necesidad de que cada uno de los países haga propias las normas internacionales.

¿Dónde situaría ahora la máxima alerta terrorista?
Pakistán, indudablemente, es un agujero negro. Luego hay sucursales identificables muy peligrosas en el Yemen, Somalia, el norte de Mali, el Sahara, el sur de Argelia…

¿Qué futuro ve para Afganistán? ¿La retirada militar de EE.UU. facilitará la estabilización del país?
Puede ocurrir cualquier cosa. En Afganistán se han producido avances relativamente importantes en la seguridad y la estabilización política, pero incluso en el 2014, cuando se produzca la última retirada, creo que debería quedar alguna fuerza occidental para evitar que el país caiga en un conglomerado delictivo, como ocurrió después de la retirada de los soviéticos. Y posiblemente también habrá que replantearse los objetivos militares, pensando en acciones más puntuales como la que se hizo con Bin Laden.

¿Qué representa la muerte de Bin Laden? ¿Es un éxito para Obama?
Es un éxito para los EE.UU., ha sido una satisfacción nacional desde el punto de vista simbólico. Pero en cuanto a la lucha antiterrorista, como estamos viendo en Medio Oriente, los mismos terroristas siguen golpeando porque las semillas que plantó desgraciadamente están bastante difundidas.

¿Por qué matarlo y no detenerlo?
Son situaciones límite. Hay que ponerse en la situación de las tropas que estaban allí y que tenían que tomar las decisiones sobre el terreno. La desaparición es una buena noticia, punto.