Editorial

La necesidad de ser radicales, de ir a las raíces

Rafael Grasa
Presidente del Instituto Catalán Internacional para la Paz
Imatge: armscontrol

Imatge: armscontrol

A menudo se dice, con tono despectivo o condescendiente, que las personas y grupos que – desde la academia, las instituciones o los movimientos sociales-, se esfuerzan por construir la paz son utópicos. Y ciertamente, lo somos, pero en un sentido preciso: a menudo buscamos lo que aún no existe plenamente en ningún sitio (como expresa la etimología de la palabra), pero nunca somos quiméricos, buscadores de lo imposible. Lo que se busca es posible y probable, con grados de probabilidad diferente. Otras veces se dice que las campañas y demandas de estas personas y grupos son radicales, con alguna connotación de reproche. Y, sí, somos radicales, pero en un sentido diferente y preciso del término: somos radicales porque queremos ir, en el análisis y en la intervención a las raíces de las cosas. Dicho de otro modo, no nos podemos conformar, como hacen los médicos, con tratar únicamente los síntomas, lo urgente, hay que estudiar y tratar las razones de fondo, la etiología. Como dijo muy agudamente John Paul Lederach debatiendo con William Zartman sobre si se puede negociar o no para resolver un conflicto antes de que las condiciones sean maduras para el éxito, nunca habrá nada que recoger en los campos si previamente no los preparas, los cultivas y plantas semillas. Investigar y actuar para la razón implica pues ser radicales, ir a las raíces.

Y ahora nos toca ser radicales, como nos recuerda el monográfico de la revista, dedicado a las negociaciones finales sobre el futuro tratado para regular el comercio de armas. No tiene ningún sentido que algunos estadistas se indignen porque, en plena guerra civil, Rusia venda armas al gobierno sirio, o por el hecho de que varios países las faciliten-como ya hicieron en Libia, en este caso incumpliendo los mandatos del Consejo de Seguridad-a las fuerzas rebeldes. Está bien indignarse, pero entonces busca las causas profundas, las razones por las que llegan armas a Siria. Si vamos a las raíces, los hechos hablan por sí solos. Primero, los principales vendedores de armas son desde hace décadas los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, un ejemplo tan malo para unas relaciones internacionales pacíficas como que todos ellos sean potencias nucleares. Segundo, porque hasta ahora no han querido aceptar el diagnóstico, irrefutable, que si produces armas para vender, las acabas vendiendo, y que, pese al acuerdo de respetar algunos códigos de conducta voluntarios o normas de vinculación débil para no suministrar armas a países en conflicto armado o que violan derechos humanos fundamentales, la tentación de vender cuando justamente más demanda hay (es decir, en pleno conflicto armado) es casi irresistible. Tercero, como resumen, sin normas estrictas y mecanismos de seguimiento y cumplimiento y en base a las razones económicas, las armas se venderán, se comprarán (o se regalarán) y se usarán.

De ahí la importancia de pedir a las grandes potencias, a los miembros permanentes, que en Nueva York a lo largo del mes de julio, y en general, a todos los Estados, que estén a la altura de las circunstancias, que sean radicales, que vayan a las raíces. Necesitamos una regulación clara y precisa del comercio de armas, los supuestos en que se las prohíbe y / o restringe, con mecanismos de control y seguimiento bien pensados y eficientes, de diversos tipos y en varios momentos. Por otra parte, el negocio de las armas continuará impulsando muertos, heridos, daños colaterales, conflictos armados y violaciones de derechos humanos, así como dificultando el desarrollo y la construcción de la paz. Recordémosles el lema de la Ilustración que tanto le gustaba a Kant, "Sapere aude!", ¡Atrevéos!