Tribuna

Siria: casi todo, excepto buenas noticias

Pablo Aguiar
Instituto Catalán Internacional para la Paz
Pablo Aguiar

Pablo Aguiar

La situación en Siria es insostenible. Ésta sería una primera impresión después de leer los diarios de las últimas semanas. Pero lo cierto es que las noticias que llegan del país son preocupantes desde hace tiempo (durante casi cincuenta años el estado de emergencia ha estado vigente en el país) y muy preocupantes desde marzo del año pasado. En Siria, uno más de los países que el 2011 dieron lugar a la llamada primavera árabe, se iniciaron unas protestas que inmediatamente fueron calificadas por el gobierno de Bashar al-Assad como parte de una "insurrección armada liderada por extremistas religiosos". Las demandas de democratización, a raíz de la violencia ejercida desde el régimen, han derivado en algunos casos en una fuerza violenta, y la situación actual es de enfrentamiento bélico civil.

Desde hace más de cincuenta años Siria cuenta con un sistema autoritario y un régimen de burocracia centralizada que integra los servicios de seguridad. Todo el régimen está bajo control directo del presidente y su círculo más íntimo. Cualquier tipo de oposición o discrepancia interna ha sido eliminada y, por lo tanto, la visión del dictador está muy alejada de la realidad, limitando su capacidad de tomar decisiones informadas, ponderadas y correctas.

Desde el punto de vista internacional la gestión de la crisis ha estado entre lenta y estéril. El pasado mes de abril Xavier Pons repasaba las actuaciones llevadas a cabo hasta aquel momento por las Naciones Unidas. Como señala Pons, las NNUU no son ni más ni menos que la voluntad de sus estados miembros, sobretodo la de aquéllos que tienen más poder y muy especialmente los que tienen el derecho de veto en el Consejo de Seguridad. Así, nos encontramos con una Unión Europea paralizada por sus problemas económicos internos y unos EE.UU. que no dejan de mirar de reojo las próximas elecciones presidenciales de noviembre. Pero sobre todo Rusia y China, que están haciendo todo lo posible para limitar las acciones contra Siria. Las razones esgrimidas son diversas: el clásico argumento de no interferir en asuntos internos o la excusa de calificar la oposición como terrorista extremista. Además, el reciente antecedente de Libia no resulta alentador. El Consejo de Seguridad aprobó una resolución que buena parte de sus miembros la interpretaba de manera diferente y con una ejecución muy criticada, no sin falta de razón, precisamente por Rusia y China. Por último, hay que recordar que ambos países han sido los suministradores de armas más importantes de Bashar al-Assad. En los últimos años Rusia ha llegado a vender más del 90% del armamento comprado por Siria.

Respecto a la sociedad civil, las noticias provinentes de Siria en los últimos días son aterradoras. Se están produciendo auténticas matanzas de civiles: el 25 de mayo 108 muertes en Al-Haula, 49 de los cuales eran niños, el 6 de junio 78 víctimas más en Madrat al-Qubair ... Estas acciones han quedado huérfanas de autoría, ningún bando ha osado reivindicarlas como propias, pero hay elementos para sospechar la participación de fuerzas provenientes del gobierno o de la milicia shabbiha, próximas al régimen de al-Assad. Ateniéndonos a los hechos, desde el inicio de las protestas se ha producido un alto número de víctimas mortales, una situación exacerbada en los últimos meses. La opacidad del régimen no permite hacer estimaciones precisas, pero la horquilla se sitúa entre los 6.000 admitidos por las fuentes oficiales y los más de 14.000 proclamados por fuentes opositoras.

Aunque con retraso, los últimos movimientos diplomáticos parecen ir en la dirección adecuada: fuerte presión sobre el régimen, reconocimiento del Consejo Nacional Sirio y amenaza que la continuación del incumplimiento del plan propuesto por el Kofi Annan puede comportar acciones más coercitivas. Sin embargo, las dificultades para alcanzar una salida pacífica de la crisis son evidentes. Un régimen político que pivota tan fuertemente sobre el círculo más íntimo del dictador se ve fácilmente abocado a la disyuntiva del todo o nada. Y en este escenario es improbable que los detentadores del poder acepten renunciar sin ofrecer resistencia. La situación es aún más complicada si añadimos la diversidad étnica del país, con una mayoría sunní (75%), y la influencia de las potencias regionales (Arabia Saudi e Irán) sobre cada uno de los bandos enfrentados. Desgraciadamente, el actual contexto hace augurar una generalización de la violencia. Para que eso no pase, los países con más capacidad de influencia tendrían que presionar a Rusia y a China, los auténticas bastiones exteriores del gobierno sirio, a fin de que abandonen su apoyo incondicional al régimen.

Escenarios como el planteado pueden hacernos creer que no hay nada a hacer. Sin embargo, hay acciones a llevar a cabo, tanto de carácter coyuntural como estructural. En cuanto a las primeras, es difícil pensar que la presión social sea determinante en la política internacional. Las decisiones las toman los estados y más concretamente las personas que representan a los estados. Lo cierto es quienes toman las decisiones no dejan de hacer un cálculo racional sobre los costes y los beneficios de sus acciones. Por lo tanto, sin recurrir a argumentos éticos, si la decisión (o la inacción a la hora de decidir), tiene un coste elevado en términos de presión social, resulta razonable pensar que los que tengan que tomarla lo tendrán en cuenta. Así, todo apoyo o presión hacia una solución pacífica de la crisis tiene su peso, y en este sentido nuevas formas de activismo a partir del uso de las nuevas tecnologías (Change, Avaaz ...) pueden ser de utilidad.

En cuanto a las acciones con un carácter más estructural, probablemente hay un único rasgo común a todos los conflictos bélicos del mundo: un país, o grupo de países, ha alcanzado importantes ganancias mediante la venta de armamento a uno o a los diversos bandos enfrentados. Ojala el futuro tratado de comercio de armas sobre lo que versa el presente número de la revista Peace in Progress permita una regulación de las transferencias de armas que impida que países en conflicto armado o que vulneren los derechos humanos, reciban armamento. De hecho, estos países serán probablemente el escenario del próximo conflicto bélico que tengamos que sufrir en el planeta.