Tribuna

Un Mundo Árabe sin patrón

Ricard González
Periodista y politólogo
Ricard González

Ricard González

En busca siempre de titulares llamativos que permitan simplificar realidades complejas, muchos medios de comunicación han recorrido recientemente a la expresión "invierno árabe" para referirse al presunto fracaso de los movimientos de democratización en el Mundo Árabe. Según este punto de vista, la "primavera" que floreció a principios del 2011 ya se habría marchitado debido a la persistencia de odios ancestrales, y a la fortaleza de las fuerzas contrarrevolucionarias.

Sin embargo, la realidad es que no hay hoy un solo patrón que pueda describir los procesos políticos que están viviendo los Estados árabes. Si bien es cierto que todos ellos estuvieron sometidos a la presión de movimientos populares con unas demandas similares-libertad, dignidad, y justicia social-, las revueltas han seguido caminos muy diferentes derivados de las diversas realidades sociales y políticas en las que aparecen,

En algunos países, como Egipto y sobre todo Túnez, los procesos de transición a la democracia han ido cumpliendo las diversas etapas programadas en sus respectivas hojas de ruta. Aunque sus caminos no han estado exentos de obstáculos y carencias, sus avances permiten afrontar el futuro con un optimismo moderado. Ambos países han celebrado ya varias elecciones consideradas legítimas tanto por la mayoría de la población como por la comunidad internacional, y se encuentran actualmente inmersos en el proceso de redacción de una Constitución que garantice un nuevo marco de libertades.

La otra cara de la moneda la representan aquellos países donde los movimientos a favor de la democracia han sido aplastados de forma brutal por el gobierno, como en Bahrein, o bien han desembocado en una cruenta guerra civil, como en Siria. En estos casos, sí es apropiado hablar del "invierno árabe", ya que los sueños de libertad se han convertido en auténticas pesadillas, y el grado de represión es hoy superior al existente antes de la "primavera árabe".

Sin embargo, hay que decir que los regímenes de ambos países, después de varios meses de utilizar la violencia, no han sido capaces de sofocar plenamente las revueltas. Por lo tanto, aún no se puede dar por fracasados sus movimientos revolucionarios. Ahora bien, las perspectivas de implantación de un régimen pluralista y tolerante hacia las libertades de las minorías se reducen a medida que se intensifica el uso de la violencia, y ésta adopta a menudo una naturaleza sectaria-o al menos así lo percibe la mayoría de la población-.

Probablemente, no es casualidad que los dos Estados donde la "primavera árabe" ha triunfado cuenten con una población bastante homogénea, mientras que son las sociedades con una marcada diversidad étnica o sectaria donde su futuro es más negro.

A medio camino entre ambos extremos, encontramos a dos países, Libia y Yemen, que apenas se encuentran en el inicio de su transición después de haber dejado atrás un período de confrontación armada entre seguidores y adversarios de unos regímenes con más de tres décadas a sus espaldas. Marcados por la persistencia de las lealtades de tipo tribal y una identidad nacional más bien débil, Libia y el Yemen ofrecen a la vez razones para el optimismo y para el pesimismo. En gran parte, que lleguen a buen puerto las pulsiones de cambio que derribaron sus presidentes, Moamar al-Gadafi y Abdalá Salem, dependerá de la responsabilidad de sus élites, y de su disposición a compartir el poder.

Igualmente incierto es el éxito de los movimientos a favor de la democracia en otros países árabes, como Marruecos, Argelia o Jordania. En todos ellos, y aún en mayor medida en Arabia Saudí, el embate de las revueltas populares ha sido más débil que en sus Estados vecinos, y los gobiernos han sido capaces de apaciguar los ánimos con una serie de promesas de tipo económico, y de reformas políticas de un alcance limitado. Ahora bien, es de esperar que, si la democracia se consolida en varios Estados de la región, estos gobiernos recibirán renovadas presiones por parte de la ciudadanía.

En resumen, la diversidad de los procesos políticos en los países del Mundo Árabe no permite definirlos con una sola etiqueta, y menos aún si ésta es invierno. Más bien, en la región conviven "estaciones climáticas" diferentes. Además, en la mayoría de casos, el triunfo de las pulsiones de cambio es aún incierto. A menudo, la consolidación de la democracia requiere de años, o incluso décadas, de negociaciones y luchas de poder entre los actores políticos. Por ello, actualmente, nos falta todavía perspectiva histórica para llegar a cualquier tipo de conclusión sobre el triunfo o fracaso de la "primavera árabe".